2 de octubre de 2011

Parque Nacional de Gorongosa

Nos montamos en aquella chapa con forma de autobús soñando que sería más cómoda que la anterior, y sin embargo, la maleta sobre nuestras piernas impedía la circulación sanguínea de cintura para abajo gangrenando progresivamente la mitad de nuestro cuerpo. Aguantamos, sobrevivimos a ese infierno móvil con más paradas que kilómetros recorridos y pasamos la noche en Nampula, donde descansamos estupendamente hasta el día siguiente. Allí nos esperaba un viaje en avión hasta Beira, provincia de Sofala, para visitar el Parque Nacional de Gorongosa.

Este parque, antes de la guerra era un sueño de la biodiversidad africana, sin embargo, una de las bases militares de la guerra se montó nada más y nada menos que en mitad del parque, dejando las poblaciones animales prácticamente aniquiladas. Ahora se están haciendo unos esfuerzos bastante grandes para restaurar las poblaciones y se introducen animales traidos de otros parques. Según los estudios, el último año, ha habido un incremento poblacional del 38%, lo cual no es moco de pavo. 

Allí vimos bastantes animales de todo tipo, desde impalas, pala-palas, y todo tipo de venados, pasando por facóqueros tipo Pumba, varios tipos de primates, cocodrilos, aves y elefantes. El lugar es sorprendente en cuanto a tipos de paisaje. Cambiando de colores y ecosistemas en pocos kilómetros. Además de estar prácticamente solos (otra de las ventajas de que Mozambique no sea todo lo turístico que podría ser) las puestas de sol son espectaculares, y disfrutamos de lo lindo entre esta tranquilidad de sabana arbolada. Conocimos a unas cuantas personas, algunas de ellas muy interesantes y dormimos en una carpa preparada bastante confortable.  

A la vuelta del parque, pasamos unas cuantas horas en Beira, esperando el avión hacia Nampula de nuevo, y aprovechamos para visitar un poco la ciudad, que por cierto, está algunos centímetros por debajo del nivel del mar. No me quiero imaginar cómo debe ser la época de lluvias en los barrios marginales. Lo que más me llamó la atención fueron las enormes casas coloniales y sobre todo el Gran Hotel, un megacomplejo hotelero que ahora está abandonado y ocupado por familias que viven aglomeradas ahí dentro. Es impresionante. 

Vendedores en la Chapa
El Gran Hotel de Beira