19 de enero de 2016

El último refugio

Empieza el año nuevo rememorando los últimos paseos de 2015. Tras una habitual visita a España en navidades, retomo el blog para terminar de enseñarles las últimas salidas del año. Por supuesto subiré más adelante y llegado el momento, algunas fotos de la visita europea de estas navidades, con paradas como Madrid, Segovia, Toledo y algunos lugares mágicos de la Grecia continental. Así que paciencia, que todo llegará. 

En mi plan de viaje desde el Cajas hasta Guayaquil tenía pensado enterarme bien de dónde quedaba la entrada a la Reserva Ecológica Manglares Churute, pues según el mapa, la carretera que une ambos lugares pasa por mitad del parque. Sin embargo, no logré verlo, y eso que estuve pendiente todo el camino. 

Ya desde Guayaquil traté de informarme, pero prácticamente nadie supo darme ninguna información. Esto me dio qué pensar, pues se trata de un área protegida relativamente grande y que no es conocida por la población grande más cercana. 

Igualmente, como soy insistente, me desperté temprano y emprendí camino hacia allá, por la misma vía por la que había llegado, pero esta vez más despacio y atento a todo. Resulta que en el Km.49, y del lado de la carretera, hay una cabaña con el símbolo de la reserva y del ministerio de ambiente, por lo que me paré a preguntar, pues todo indicaba que no estábamos tan cerca de la costa. 

Era el único visitante, y me miraron con cara de sorprendidos. Sin embargo, una chica amable y atenta me explicó las diferentes rutas que podían hacerse en la reserva, dejándolo prácticamente cerrado a dos opciones; el sendero de los aulladores, en la parte de la reserva compuesta por bosque seco tropical, y el sendero hacia el embarcadero en el manglar. El otro sendero estaba en remodelación y al haber llovido los días anteriores estaba bastante inaccesible. 

Se trata de un amplio paisaje conformado por bosque seco en lo alto de la montaña y manglares en la zona baja, ambos ecosistemas completamente rodeados por tristes monocultivos; una isla de desolación que sobrevive gracias a la insistencia del gobierno por su protección.

En la caseta de información me indicaron que se llegaba a los recorridos a través de un camino no asfaltado y no señalizado, y que tras tomar dos a la derecha, tres a la izquierda, o algo semejante, llegabas a los rótulos de los senderos. Así lo hice y así llegué al sendero aulladores. 

Como es de suponer, este sendero se caracteriza porque se encuentra en una zona habitada por monos aulladores, que le dan un ambiente escalofriante al lugar. Dejé el coche junto al rótulo de entrada y me bajé del mismo introduciéndome en el sombrío camino. Rápidamente una oleada de mosquitos se lanzó sobre mí, pareciendo así que no habían comido durante meses. Nunca he estado rodeado de tantos mosquitos a plena luz del día. Mis brazos comenzaron a hincharse y por más movimientos espasmódicos que hacía, no conseguía sacármelos de encima, de mi espalda, de mi cara, de todo mi cuerpo. Esto me obligó a hacer el paseo a un ritmo de marcha que me impidió disfrutar de la belleza del lugar, pero los monos estaban ahí, aullando, probablemente porque también les picaban los mosquitos y a los pobres les dolía, casi acabo uniéndome al intercambio de aullidos desesperados. Finalmente hice el camino, que es circular y te devuelve al punto de origen, metiéndome en el vehículo, matando el resto de insectos que habían entrado conmigo y mirando mi cara hinchada en el retrovisor. Debo volver a ese lugar bien cubierto y con repelente, porque me pareció fantástico en esas condiciones y hacerlo tranquilo debe ser una experiencia abrumadora. Solo pude hacer un par de fotos corriendo, era prácticamente imposible dejar de mover los brazos (no sé ni cómo el pájaro ha salido enfocado...)

Más adelante, por el mismo camino de tierra, se llega hasta otro estacionamiento, donde mi carro era el único, y donde existe una infraestructura grande para eventos o exposiciones, que aparentaba bastante abandonada. Tampoco encontré a nadie relacionado con la reserva en el lugar, por lo que me adentré por una pasarela que habían construido entre el manglar y que llegaba a un pequeño embarcadero flotante. El camino es corto pero interesante, porque está lleno de cangrejos que se esconden a tu paso, y las raíces aéreas del manglar caen por encima de ti, dándole al camino un toque tenebroso pero bonito al mismo tiempo.Si quieres embarcarte desde allí y visitar las diferentes islas que conforman el estuario del río Guayas, tienes que conseguir un contacto de algún pescador local que te lleve a pasear. Los costos son elevados y al ser yo solo, decidí no pasear en el barco. Queda para la próxima! 

Y desde ahí emprendí mi retorno a Quito, haciendo una parada previa en Baños de Agua Santa, destino sobre el cual hablaré en la próxima entrada. 















Bonita casa de paja en mitad de la nada 
Ahí a lo alto se esconden los aulladores