20 de enero de 2016

Grietas en el abismo rugiente

En mi regreso hacia Quito hice parada en el pequeño pueblo de Baños de Agua Santa, un centro turístico y campamento base para la visita de la cascada que cae desde el río Verde llamada Pailón del Diablo, los diferentes lugares de aguas termales y las diversas atracciones existentes, desde tirolinas, hasta el columpio del fin del mundo, pasando por kayacs, raftins y toda una amplia gama de variados divertimentos.

Este lugar se encuentra en un enclave entre montañas, a las faldas del volcán Tngurahua y rodeado por dos parques nacionales. En él existen diferentes fuentes de aguas termales en las que relajarse mirando al cielo, característica que le da el nombre de Baños de Agua Santa, y que algunos, consideran curativas.

Para mí, el motivo de la visita era lo que hacen llamar "grieta al cielo", un recobeco escarpado en la pared de piedra que circula por detrás de la gran caída del pailón, por el cual debes subir agachado y con mucho cuidado mientras te caen copiosas cantidades de agua. Desde aquí también bajan unas escaleras de piedra con dos miradores en precipicio. Observando la construcción, no puedes imaginar cómo habrán construido eso, hacen falta un buen puñado de personas valientes que se cuelguen ahí para picar la pared en pendiente de 90º.

Se accede a estos miradores y a la grieta por una bajada agradable en un camino tranquilo, desde el que vas escuchando los sonidos del agua cayendo, pero no la ves hasta el último momento del recorrido, dejándote sin palabras y con los ojos abiertos como platos. Una proeza humana.

Otro acceso más sencillo es desde la parte alta de la cascada, a través de una serie de pasarelas colgantes que descienden también hasta llegar a un punto en el que puedes esconderte detrás de la caída de agua. Asombrosos ambos accesos.

Todo está gestionado por una organización privada que te cobra la entrada de acceso, que sin duda merece la pena, y que además continúa haciendo reformas. Pude ver varios hombres colgados de arneses mientras taladraban la roca para mejorar el sistema de pasarlas. Además están terminando de construir un hotel colgante espectacular.

Aprovechando que iba bien de tiempo, subí hasta lo alto del cerro para montarme en lo que llaman "el columpio al fin del mundo", desde donde hay una vista privilegiada del gigante Tungurahua; gigante que no pude apreciar, pues se nubló el día. Sin embargo pude disfrutar del subidón de adrenalina balanceándome en el mentado columpio.

Una de las cascadas que se aprecian en el camino que ya te sirve para ir abriendo boca
















Lo de siempre "si no hay selfie, no has estado" 






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